Italia no es un destino. Es una acumulación de sensaciones que se instalan en ti y que ya no se van. El olor del café por la mañana en un callejón de Roma. La luz de la Toscana a las cinco de la tarde. El silencio de una iglesia florentina un martes de octubre. Hay países que se visitan, y países que te cambian. Italia es de los segundos.
Roma — la ciudad que habla
Roma es una conversación permanente entre el pasado y el presente. El Panteón tiene dos mil años y sus puertas se abren cada mañana. Las motos rodean el Coliseo. Los niños juegan a pocos metros del Arco de Tito. Esta coexistencia de lo muy antiguo y lo muy vivo es lo que hace Roma única — y a veces levemente vertiginosa.
No intentes verlo todo. Pasea por el Trastevere de noche, pide un supplì en una fritura local, y deja que la ciudad se instale en ti a su propio ritmo.
Florencia — para quienes aman la belleza
Florencia es la ciudad de los ojos. La fachada de Santa Maria del Fiore, el corredor de los Uffizi, la vista desde la Piazzale Michelangelo al atardecer — todo aquí parece haber sido dispuesto para ser contemplado. Los museos son extraordinarios, pero la ciudad en sí es un museo al aire libre.
La Costa Amalfitana — una película permanente
Es difícil describir la Costa Amalfitana sin caer en los superlativos. Los acantilados se precipitan en un mar de un azul improbable. Los pueblos agarrados a la roca parecen desafiar la gravedad. Las carreteras en zigzag sobre el vacío provocan escalofríos. Es uno de los paisajes más dramáticos de Europa, y merece que le dediques varios días.
La Toscana — el descanso
Después de la intensidad de Roma y la belleza de Florencia, la Toscana ofrece otra cosa: la paz. Colinas que se extienden hasta el horizonte, cipreses que marcan los caminos, bodegas donde el Chianti se elabora desde hace siglos. La Toscana se vive despacio, y es exactamente lo que uno necesita.
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